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Travesía del Parque Natural de Despeñaperros

Posted by Extenuación en 2 febrero 2008

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26-01-2008. Como es sabido, el pasado fin de semana ha dado lugar a varias expediciones, que mermaron la asistencia a la quedada dominical en el Parque. De modo que, unos cuantos se marcharon hasta Almería para tomar parte en su Media Maratón Internacional y algunos otros se embarcaron en una aventura perseguida desde hace meses: una rodada atravesando el Parque Natural de Despeñaperros, entre los términos de Viso del Marqués y Santa Elena. Ver imagenes y

Numerosos eran los alicientes de un proyecto de esta dimensión: dos de los participantes, David y Julián, preparan su participación en los maratones de Valencia y Barcelona, respectivamente; por otro lado la espectacularidad de un paisaje que difícilmente se aprecia cuando se circula por la Autovía de Andalucía; un tercer estímulo, para los más románticos, es trotar en la más absoluta soledad (humana) entre las guaridas de los antiguos bandoleros de Sierra Morena, cerca del escenario de la batalla de las Navas de Tolosa (1212) o entre las rutas habituales de los carboneros de Despeñaperros. Todo un cúmulo de sensaciones que se suceden en la mente azarosa del corredor y que se resumen en estos sencillos datos: 25 kilómetros de distancia, no menos de 10 kms. de subida acumulada, desniveles que rozan el 15%, todo ello a lo largo de 125 minutos de carrera continua. De ahí la cara de susto con la que dijeron encontrarnos nuestros anfitriones, José María Camacho (SUMAC) y Paco, su escudero sobre ruedas que nos hizo de guía, nodriza y fotógrafo. Y sin cobrar inscripción.

RUTA DE LA PLATA

Reunidos en la Plaza del Pradillo de Viso del Marqués, recorremos en furgoneta 9 kilómetros dejando a la derecha el Valle de los Perales, en dirección al acceso norte del Parque, inicio de la conocida como Ruta de la Plata. Tras ingerir algo de alimento, iniciamos el descenso. A unos 2 kilómetros, las Casas de Magaña, paso de Diligencias en el siglo XIX. Tras 18 minutos de bajada cruzamos el río Magaña, aún cubierto de neblina. Emprendemos el primer y más severo ascenso de la ruta: unos 9 minutos en los que el ritmo se ralentiza y las pulsaciones se disparan. Por detrás Javier y Julián reservan fuerzas, mientras que en cabeza, la cabra tira al monte, José María se distancia y le sigue David, confiado (justificadamente) en sus fuerzas. Sobrepuestos al primer gran obstáculo, la ascensión continúa a lo largo de un falso llano de varios kilómetros.

Cada vez más cerca de la cumbre, en el transcurrir del camino se acentúan los dientes de sierra. La carrera es un rompepiernas exigente, pero soportable. Durante un largo trecho, los cuatro avanzamos al unísono y atendemos las explicaciones de nuestro serpa. Después de un leve avituallamiento contemplamos desde lo alto el imponente paisaje de Despeñaperros. Corremos dejando a la izquierda las ruinas de Castro Ferral y a la derecha el Pico de la Estrella. De vez en cuando aparece nuestro hombre de apoyo, Paco, nos adelanta y vuelve a desaparecer.

Más allá, cuando el trayecto empieza a tender hacia abajo, hacemos la única parada de la mañana; un minuto escaso para dejar constancia fotográfica de nuestro paso por los restos de calzada romana que coronan el paraje. A lo lejos se vislumbra Santa Elena.

Reanudamos el descenso y el camino empieza a hacer pupa en tobillos y cuadriceps. Ya casi duele más bajar que subir. Superados los 100 minutos de carrera nos reencontramos con la ‘civilización’. Paseantes o vehículos aparcados anuncian que el destino está cerca. Y así es. José María y Javier, que desde hace rato ruedan aventajados, emprenden el galope tendido. Por detrás, las cuentas no cuadran, porque el tiempo anunciado rondaría las dos horas y media. Pequeña trampa que José Mª nos tendió para brindarnos un final prematuro.

Llegamos a Miranda del Rey, viejo caserío o área de casas de campo a tiro de piedra de Santa Elena. Nuestro anfitrión nos agasaja con un festín de frutos secos, pastelitos, ciruelas pasas, agua, bebida isotónica y cerveza. Felices como codornices subimos a bordo de la limusina que usa Paco como utilitario y que se encuentra en destino desde que a las 7 de la mañana, su dueño, acompañado por el artífice de la jornada, lo dejase allí.

Al filo de las 2 de la tarde la expedición ha concluido y estamos de regreso en Valdepeñas, con el firme propósito de repetir la experiencia más pronto que tarde.

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